No estaba dispuesta a seguir tras tres días liada con la autofirma, el DNIe, la firma digital, una clave que parecía que era pero que no era, al final no podía ser lo que no era; que tenía que ir a la policía a poner la huella en una maquinita. Al final no se podía hacer desde casa había que salir y no quería, no porque estuviera prohibido, es que no debía y punto.
Hoy la propuesta era escuchar el debate en el congreso de los diputados, tampoco estaba dispuesta a escuchar a los sabios de a toro pasado a los sabios que las propuestas de sus sabidurias; eran ofensas sin un ápice de practicidad, así que aunque la tierra estuviera mojada por esa lluvia diaria que nos esta acompañando en la tristeza de estos días aciagos me dispuse a limpiar este pradillo que se me ha formado en torno al almendro recién sembrado, un pradillo que a las hormigas le parecería una autentica selva. Cerrajas, ortigas, tréboles con sus flores amarillas salían con una facilidad pasmosa, había que salvar las calas, las trompetas, los lirios, las cañas indias, que estaban escondidos en mi pequeña selva, ahora tenía que separar las ortigas del resto de las hierbas, estas servirán para preparar abono, ya lo hice en otra ocasión las ortigas maceradas en agua son un buen abono, me lo enseño un agricultor ecológico Jesús, al que daba gloria escuchar los grandes misterios que se encuentran debajo de esa tierra si es tratada con respeto, debajo de esa tierra que te da vida, si permites que tenga su propia vida.
Así que durante tres horas me olvide del Covi, del coronavirus, de ese bichito invisible que su impertinencia por querer hacerse visible ha destapado, esta destapando las cloacas del egoísmo de la ambición, sacando a la superficie por encima de las marcas, lo necesario, los necesarios, poniéndonos delante de nuestros propios espejos, pero parece que aun no ha hecho florecer suficientemente nuestros excrementos.
Que se necesita más, que miles de muertos para decir vamos a una, en esta gran tormenta hay que hacer como los marineros tirar todos de la maroma para robarle el barco a las olas, nadie habla solo se oye el ummm ummm del todos a una. Eso pensaba, eso soñaba a cada tirón para sacar una mata. Tras tres horas de sueños, esfuerzos, de palabras no salidas, ante mi tres montones de matas que se quedarían allí hasta mañana, las fuerzas se habían acabado y los sueños también, tras tres horas allí estaban los sabios del día después sin dar ninguna propuesta, así que me preparé mi desayuno y ante un solecito que te acariciaba intenté comunicarme con la lejanía por el celular (me gusta esta palabra, me une a mucha gente y espacios).¿Cuantos serían hoy?
Hoy la propuesta era escuchar el debate en el congreso de los diputados, tampoco estaba dispuesta a escuchar a los sabios de a toro pasado a los sabios que las propuestas de sus sabidurias; eran ofensas sin un ápice de practicidad, así que aunque la tierra estuviera mojada por esa lluvia diaria que nos esta acompañando en la tristeza de estos días aciagos me dispuse a limpiar este pradillo que se me ha formado en torno al almendro recién sembrado, un pradillo que a las hormigas le parecería una autentica selva. Cerrajas, ortigas, tréboles con sus flores amarillas salían con una facilidad pasmosa, había que salvar las calas, las trompetas, los lirios, las cañas indias, que estaban escondidos en mi pequeña selva, ahora tenía que separar las ortigas del resto de las hierbas, estas servirán para preparar abono, ya lo hice en otra ocasión las ortigas maceradas en agua son un buen abono, me lo enseño un agricultor ecológico Jesús, al que daba gloria escuchar los grandes misterios que se encuentran debajo de esa tierra si es tratada con respeto, debajo de esa tierra que te da vida, si permites que tenga su propia vida.
Así que durante tres horas me olvide del Covi, del coronavirus, de ese bichito invisible que su impertinencia por querer hacerse visible ha destapado, esta destapando las cloacas del egoísmo de la ambición, sacando a la superficie por encima de las marcas, lo necesario, los necesarios, poniéndonos delante de nuestros propios espejos, pero parece que aun no ha hecho florecer suficientemente nuestros excrementos.
Que se necesita más, que miles de muertos para decir vamos a una, en esta gran tormenta hay que hacer como los marineros tirar todos de la maroma para robarle el barco a las olas, nadie habla solo se oye el ummm ummm del todos a una. Eso pensaba, eso soñaba a cada tirón para sacar una mata. Tras tres horas de sueños, esfuerzos, de palabras no salidas, ante mi tres montones de matas que se quedarían allí hasta mañana, las fuerzas se habían acabado y los sueños también, tras tres horas allí estaban los sabios del día después sin dar ninguna propuesta, así que me preparé mi desayuno y ante un solecito que te acariciaba intenté comunicarme con la lejanía por el celular (me gusta esta palabra, me une a mucha gente y espacios).¿Cuantos serían hoy?
Carmen Caparrós
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